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Los consejos de Walesa, los tantos
documentos y la pluralidad que no debemos perder
Luis Cino Álvarez
28 de febrero de 2013
La Habana, Cuba – www.PayoLibre.com
– Han levantado una tormenta de polémicas en la disidencia interna
las recientes declaraciones a Martí Noticias de Lech Walesa,
en las que el fundador y líder de Solidarnocz reprochó a los opositores
cubanos la falta de unidad.
Antes que ponernos patrioteramente ofendidos por la bienintencionada
opinión de Walesa, quien indudablemente es alguien que
sabe de qué habla, y dedicarnos a enumerar las muchas diferencias entre
los casos de Polonia y Cuba, sería preferible, dada la babélica
incapacidad de los opositores cubanos para ponernos de acuerdo siquiera en los
puntos que nos unen, aprovechar lo positivo que se pueda derivarse de ello.
Los tradicionales hándicaps de la oposición
cubana, tales como la fragmentación, el individualismo, la improvisación,
la espontaneidad, han hecho mucho más difícil el trabajo de los
represores. Una oposición más unida hubiese sido para la Seguridad
del Estado más fácil de descabezar. Pero los represores optaron
por dividirnos. A costa de atizar las diferencias y los bretes para tenernos
dispersos y enfrentados, la policía política se ha visto enfrascada
en un rompecabezas en el que sus jefes pasan tanto trabajo como sus adversarios
para seguir el hilo de las tramas creadas por sus infiltrados y provocadores
o de las que brotan entre los opositores por celos, ansias de protagonismo,
intolerancia, tentaciones autoritarias, etc.
Pero más importante que eso, es la pluralidad que ha
alcanzado la oposición. Algo que no debemos perder de vista ni sacrificar
en aras de lograr a como dé lugar una unidad para la que evidentemente
no estamos preparados. Si hablamos de personas que luchan por la democracia,
es preferible buscar consensos antes que unanimidades.
Muchas veces, algunas organizaciones del exilio (que tampoco
están exentas de la infiltración del G-2) para adelanto de sus
agendas, han provocado la fractura o duplicación de proyectos que tenían
resultados tangibles que mostrar. Ojala las mismas agendas no lleven a unificar
a como dé lugar.
La cuestión no es sacrificar o subordinar proyectos
que funcionan por otros que están en veremos, a ver si resultan y qué
sale de ellos. No necesariamente lo nuevo y lo novedoso (o novelero) es lo mejor.
No es que apostemos por el malo o el regular conocido (ya sabemos
sus méritos, virtudes y también de la pata que cojean) antes que
por el bueno por conocer. La vida nos ha enseñado a dudar de los tipos
carismáticos, con condiciones naturales de liderazgo. También
de los demasiado valientes y de labia fácil. Si vamos a buscar nuevos
líderes, hay que tener mucho cuidado en manos de quién nos ponemos.
¿Para qué nos hace falta un Disidente en Jefe? ¿Y si nos
pusimos fatales y precisamente a ese, con leyenda y todo, lo sembró la
Seguridad del Estado?
Más que caudillos, necesitamos ciudadanos responsables
y políticamente maduros, capaces de hallar soluciones mediante el consenso
y el debate.
Cuando digo que no debemos perder la pluralidad, no es que
abogue por la olla de grillos paranoicos en que a veces parece convertirse la
oposición. Hablo de respeto, comprensión y tolerancia.
Es lógico que estemos cansados de los tantos documentos
que periódicamente emiten determinados líderes opositores. Del
lenguaje populista como para complacer a todos y la ingenuidad respecto a la
posibilidad casi impracticable –al menos por ahora- de desmontar la dictadura
a partir de sus propias leyes. Los mínimos resquicios que deja –más
por descuido que por buena fe- la "legalidad revolucionaria", no son
como para hacerse demasiadas ilusiones y creernos que la disidencia, aun sin
acabar de salir de los muros del ghetto y sin conquistar las mentes y los corazones
demasiado apáticos y asustados de la población, está en
capacidad de imponer condiciones al régimen. ¡Qué decir
entonces de proyectos que dictan su ultimátum a la dictadura como si
las fuerzas rebeldes, luego de controlar varias provincias del país,
estuviesen a las puertas de La Habana!
Para que los mandarines consideren seriamente la posibilidad
de soltar el poder, deben sentir antes al pueblo rugir bien fuerte en las calles.
Y no es con documentos y conceptos políticos que resultan abstractos
ante tanto agobio cotidiano que se logrará la movilización popular.
Reunir en un proyecto a muchos de los más importantes
nombres de la oposición y la sociedad civil pudiera resultar decisivo
para conseguir la unidad, pero la experiencia nos ha enseñado que por
sí solas las firmas no bastan. Pronto algunos de los firmantes empezarán
a disentir de algunos puntos y hasta de las comas, o a argumentar que no leyeron
bien el texto o que no están conformes con que su firma aparezca más
arriba, más abajo o junto a la de fulano o mengana...Luego vendrá
el regateo de méritos y la habitual sarta de insultos y descalificaciones
mutuas. Entre ellas, la más socorrida: la acusación de que "el
otro" trabaja para la Seguridad del Estado.
Me temo que pueda volver a ocurrir lo mismo a la hora de armar
concertaciones improvisadas y a la carrera, que se repitan las historias de
caciques y mamotretos destinados a la prensa extranjera...
Más que imponernos una falsa unidad bajo dudosos presupuestos,
debemos buscar los puntos de concordancia y el modo de que los diferentes proyectos
se complementen. Si las afinidades no son lo suficientemente fuertes para cohesionarnos,
mantengamos entonces el pluralismo. En definitiva, si estamos en el camino de
la democracia, debemos llegar a la meta en la mejor forma posible.
luicino2012@gmail.com
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