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La Feria del Jamón
Aimée Cabrera
28 de febrero de 2013
La Habana, Cuba – www.PayoLibre.com
– La XXII Feria Internacional del Libro que culminó el domingo
24 de febrero, en su sede de la fortaleza de la Cabaña tuvo a cientos
de trabajadores que poco hicieron por divulgar y explicar en qué consistía
la literatura que se vendió en los diferentes puestos, más bien
permanecieron en grupos, inmersos en conversaciones de tipo personal.
La razón fue muy evidente: la mayoría del público
no pudo comprar libros de todo tipo que costaban en la moneda convertible, o
eran demasiado caros, como sucedió con libros infantiles, que más
bien parecían folletos y, cuando los padres debían adquirir más
de uno, lo pensaban antes de hacer el pedido.
También se observaron ofertas de literatura infantil
como la de dos libritos por un CUC, otros un poco más grandes dentro
de una bolsa de nailon con cualquier baratija dentro cuyos precios oscilaron
entre $1.50 y $3.00. Una señora miró a su pequeño acompañante
y le sugirió contara sus monedas para ayudarle con la bolsa que contenía
un libro con ilustraciones de dinosaurios junto a otro de plástico en
miniatura, que le cortaron la respiración al infante, y ¡a quién
no!
De todas maneras, fue poca la explicación que motivara
a ese visitante que contó cada moneda y billete que iba a invertir. No
se supo qué sucedió, por ejemplo, con las novelas de escritores
de gran demanda como las de Leonardo Padura; sin discriminar otros géneros
y títulos interesantes, que sólo aparecieron el día de
su presentación y venta única. Esto no significó que no
se vieran personas cargadas de libros, porque algunos tenían el dinero
para darse el gusto, y otros para después revenderlos, o los adquirieron
por disímiles razones.
“Me gasté unos 70 pesos en libros de colorear
y otras revistas infantiles porque mi nieto cumple años y me sirven para
entregar a los niños que vayan. Tengo otros de los de a dos por un dólar
que son para los que ganen la rifa. No es fácil hacer una fiesta ahora”,
comentaba una señora que subió al ómnibus que la dejaría
en el Parque Central con bolsas pesadas.
Una pareja se miró alarmada ante la perreta que dio
su niña bastante crecidita que no concibió que sus padres la llevaran
a una Feria, ilusionada, y no pudiera escoger los libros de su agrado. Otros
entraban y salían de los pabellones, manoseaban los libros, preguntaban
y no se llevaban nada.
Como ya es habitual donde se vendieron ediciones mexicanas,
que en su mayoría eran revistas y libros didácticos de gran aceptación
para los que pudieron pagar los exagerados precios, un rústico guardabolsos
daba la bienvenida a los valientes que osaron llegar a la parte de atrás
sin ser pisoteados.
No faltaron las salas vacías donde los cuidadores estaban
a punto de echar un sueño por la poca entrada de visitantes. En su mayoría
estaban relacionadas con literatura de temas políticos, y la mayoría
de los lectores prefirieron ni averiguar los títulos.
Llamaba la atención que hubiera quien hojeara y separara
varios libros de temas como la astrología, el tarot, la quiromancia o
cómo ser un buen líder. Tópicos prohibidos en bibliotecas
y librerías oficiales. Es de suponer que, en la edición que a
alguien se le ocurra vender revistas Vanidades, Hola o Cosmopolitan, habrá
muertos y heridos.
La obsesión por comer, una de las ansiedades del cubano
medio, se hizo latente como cada año. Mucho antes de llegar a la entrada
de la Feria en sí, estaba un complejo de venta de alimentos variados.
La fila de personas asombraba.
Otros se sentaban en los muros que bordean la fortaleza y abrían
bolsos y mochilas para comer y beber lo que traían de sus casas. Aunque
los que no llegaban preparados tuvieron la opción que pregonaban las
chicas sentadas al lado de grandes cestas de mimbre y gritaban “pan con
jamón” para asegurar la venta, sobre todo de los adolescentes o
de los de menos edad que, con sus uniformes y acompañados de padres y
maestros, saciaron el hambre y “bajaron el pan” con el agua hervida
que gran parte de los habitantes de la capital acostumbra a llevar consigo,
por temor a contraer enfermedades digestivas o por no poder pagar jugos, maltas
y refrescos en la moneda CUC.
No se puede dejar de mencionar, otra de las diversiones inexplicables
de la Feria del Libro que fueron los caballitos, conocidos como ponis, los cuales
estaban custodiados por sus dueños y ningún chico o chica se atrevía
a montar. También había vendedores de bisutería que hacían
ofertas de lo invendible. Muchas mujeres las tocaban pero pocas se decidían
a llevárselas.
A un extremo de la Feria, la amplia carretera, con las caravanas
de ómnibus parados, los mismos que pasaban el Túnel de La Habana
y dejaban cada vez más lejos a los que tenían que atravesar la
yerba, sin desanimarse; esos que vuelven cada año a la Cabaña.
Del otro extremo de la Feria, las jóvenes que vociferaron
sin parar “pan con jamón”, y algunas personas entre ellos
niños y adolescentes que lograron aislarse de tanto absurdo y sintieron
el atractivo de abrir su codiciado libro y leerlo bajo un sol de verano, en
pleno febrero.
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