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Las mejores coartadas

Luis Cino Álvarez

21 de febrero de 2013

La Habana, Cuba – www.PayoLibre.com – Recientemente, entrevistado para Prensa Latina por Jorge Luna, el uruguayo Eduardo Galeano dijo que escribe "para celebrar la alegría de haber nacido en América, en estas tierras donde se han dado cita todos los colores y los dolores, para ayudar a crear un mundo donde el prójimo sea una promesa y no una amenaza, y donde podamos vivir libres de la dictadura del miedo de ser lo que podemos ser".

Una de las hermosas frases de Galeano que no pasa de ser eso: otra frase hermosa. Pero esas, ya nos sobran en este continente.

Con tantos demonios con los que convivimos, con tantos que llevamos dentro, bien agazapados –el machismo, el racismo, la politiquería, la manía revolucionaria, el patrioterismo–, ¿de qué dictadura del miedo podemos estar libres? ¿Qué otra cosa podemos ser sino aldeanos vanidosos?

De dictaduras –las de siempre o las de nuevo cuño, con elecciones y todo– no hablemos. No es casual que en ninguna otra región del planeta se escriba más y mejor sobre los dictadores. Lo hicieron Carpentier, Vargas Llosa, García Márquez, Roa Bastos y Uslar Pietri. Otros más lo volverán a hacer. Desgraciadamente, el tema no se agotó.

En los últimos cuarenta años, el libro de Galeano "Las venas abiertas de América Latina", ha contribuido, tanto o más que los informes de la CEPAL y los discursos de Fidel Castro, a conformar la percepción por la izquierda latinoamericana de una realidad demasiado compleja y cambiante para circunscribirla simplemente a la teoría de la dependencia, el anti-imperialismo y el mesianismo guevarista.

Galeano, sin dudas un excelente escritor, pero no un especialista –él mismo lo ha reconocido muchas veces–, escribió sobre historia y economía política como si se tratase de una novela de piratas. Y eso es bastante aventurado cuando se trata de explicar a un público no especializado, pero agobiado de problemas y ávido de soluciones, por qué América Latina parece ser una región condenada a la humillación y la pobreza.

Los escritores latinoamericanos, también y sobre todo los de ficción, se han empeñado en inculcar al mundo la idea de que al sur del Río Grande todo es posible. A fuerza de repetirlo, nosotros mismos hemos llegado a creerlo.

Así, en Latinoamérica se esfumó el límite entre realidad y fantasía. Incluso de las fantasías que resultan letales. Algunos autores padecen de tendencias autodestructivas. O del síndrome de Estocolmo. Como Lezama Lima, que obnubilado en su sillón de poeta, fue incapaz de adivinar el ostracismo que le venía encima cuando oraba al ángel de la jiribilla por la revolución de Fidel Castro y le atribuía el advenimiento de "las eras imaginarias" y "la pobreza irradiante".

Las mejores coartadas de que disponemos los latinoamericanos, están en la literatura. Son imbatibles. Por insólitas, son más bellas y estimulantes que las de los politicastros al uso y los gobernantes en desuso.

De fabulaciones hiperbólicas hemos hecho nuestra cotidianidad. Las ciudades de la imaginación hemos hecho que se confundan con las reales. La Habana de Guillermo Cabrera Infante y el México DF de Carlos Fuentes lindan con Macondo y Comala. Hasta hemos estirado la cerca y tratado de robarnos –porque de ningún modo puede ser de los gringos– un trozo de Yoknapatawpha.

Diseñadas por la memoria y el amor, esas ciudades nos persiguen por los exilios. O andamos sus calles, narcisistamente complacidos de nuestra imagen reflejada en las vidrieras rotas o el agua sucia que llena los baches. Cabizbajos, miramos el suelo que pisamos, en busca de fórmulas para no llamar a la mierda por su nombre.

Vivimos entre criminales prestigiosos, caudillos demagogos, próceres confiscados, estatuas, panteones y flores, santos católicos cruzados con orishas, milagreros, hembras insaciables, súper-machos, rufianes con poderes omnímodos, idiotas quijotescos, iluminados de pesadilla.

En vano nos arrogamos excepcionalidades históricas auguradas por difuntos de larga data y más larga labia. Confiamos el futuro en manos de aventureros y timadores. Apostamos todo a ellos hasta quedarnos sin sangre. Incorregiblemente románticos, potencialmente suicidas, nos despeñamos en pos de sueños que de antemano sabemos irrealizables.

Y cuando no haya ideólogos a mano, ni siquiera ideología o utopía que valga la pena, siempre habrá algún novelista que para consolarnos, hable de lluvias eternas, amores en tiempos de epidemia, boleros de ensueño, estirpes malditas, tiranos memoriosos y carismáticos, burdeles trashumantes, matronas desalmadas y putas de candidez letal.

Enamorados de esas tramas que en cierta forma justifican nuestras derrotas, seguimos el viaje, sepultados bajo un montón de cadáveres, en el último de los vagones del tren de los perdedores.

luicino2012@gmail.com
Primavera Digital


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