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A 50 años de la muerte del
Benny
Luis Cino Álvarez
15 de febrero de 2013
La Habana,
Cuba – www.PayoLibre.com –
Parece mentira, pero el 19 de febrero se cumplen 50 años de la muerte,
en 1963, de Benny Moré, el cantante más grande
que haya tenido la música cubana.
Y vuelve a mi mente el dolor de aquellos días. Por entonces,
yo acababa de cumplir los siete años, pero no he podido olvidar aquellas
imágenes que repetía la televisión: una santera, negra,
flaca, con un pañuelo en la cabeza, los ojos desencajados, retorciéndose,
casi en trance, que pasaba una rústica escoba sobre el ataúd envuelto
en la bandera cubana, mientras nublaba la escena con las bocanadas del humo
de su tabaco.
Era un funeral abarrotado de gentes a las que parecía habérsele
acabado el mundo, al menos, de la forma en que lo conocían los cubanos,
en el que no podían faltar, en los festejos, los gozos o en las penas
del amor, los boleros del Benny.
En el nuevo ordenamiento
de la vida que por entonces más que proponernos, nos imponían,
dudo que el Benny, tan libre, tan espontáneo, tan a
su forma, hubiese tenido cabida.
¿Y si algún zoquete metido a comisario hubiese querido someterlo
a una evaluación a él que no sabía leer ni escribir música,
ni falta que le hacía?
¿Se imaginan si hubiese dejado plantado al Líder cuando lo convocara
a tocar con su banda en algún acto revolucionario? Por suerte, el Máximo
era demasiado solemne para contar con el Benny para alguno
de sus aquelarres revolucionarios...
Tal vez al Benny la cirrosis acudió a rescatarlo justo
a tiempo. De todas formas, ya estaba afincado para siempre en la música
cubana. En cuanto a nosotros, ya no había fuerza capaz de quitárnoslo.
Ni la muerte.
La multitud que acompañó su cortejo fúnebre, sin que fuera
convocada por nadie, fue la mayor en el país desde los tiempos del sepelio
de Eduardo Chibás, en agosto de 1951. Y es que el Benny
significó lo distinto, el tipo que de verdad era para todos. A diferencia
de tantos que nos embaucaron con sus promesas, se sabía que con él
sí que no había poses ni cabía la más remota posibilidad
de que un día nos pudiese defraudar.
Ustedes se preguntarán cómo si yo era tan niño guardo tan
vivos los recuerdos de la conmoción que causó en los cubanos la
muerte del Benny. La cuestión es que en mi familia fue
como si hubiese fallecido uno de los nuestros. En cierta forma, Benny
lo era. Nunca faltó a las fiestas de cumpleaños, fin de año,
Nochebuena, los días de las madres. Siempre estaba en el tocadiscos.
Y por si fuera poco, constantemente se colaba por las ventanas su voz, proveniente
de la victrola del bar que había en la esquina de mi casa, en Estrada
Palma y Diez de Octubre, en La Víbora, el de la urna con la Santa Bárbara
rodeada de manzanas y balas de ametralladora.
Recuerdo que en mi familia el que más sintió la muerte de Benny
Moré fue mi tío Raúl. Era uno
de sus dos cantantes preferidos (el otro era Frank Sinatra).
Raúl Piñeiro, era mi tío predilecto: un
excelente dermatólogo, que fue quien me enseñó a nadar
y me contagió su pasión por los buenos libros y el jazz.
A propósito del jazz, no sé por qué siempre asocio
el modo de cantar de Billie Holiday con el de Benny
Moré en ciertos boleros. Pero eso no lo pude comentar nunca
con tío Raúl. Como decía abiertamente
a todo el que quería escucharlo que no soportaba el castrismo, no le
quedó más alternativa que irse de Cuba, con mi tía Graziella,
y establecerse en Milledgeville, Georgia, en 1973, cuando aún yo no había
descubierto los discos de Billie Holiday.
Tío Raúl murió hace muchos años.
Nunca nos volvimos a ver. De todas formas, me parece escuchar su respuesta si
le hubiese podido preguntar por qué asociaba las formas de cantar de
la fabulosa Billie y del barbarísimo Benny:
"Elemental, Wichy, tenían en común el mucho sentimiento
y la genialidad, ¿qué más quieres?". Y entonces,
como casi siempre, yo tendría que darle la razón.
luicino2012@gmail.com
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