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Una historia navideña

Luis Cino Álvarez

5 de enero de 2013

La Habana, Cuba – www.PayoLibre.comMiriam siempre tuvo la ilusión de poner un árbol navideño con bastantes luces y adornos en una esquina de su sala. Tiene 47 años y nunca pudo tener uno.

Primero fue porque no los había. En Cuba, no celebraban la Navidad desde que ella era muy niña. Después que el gobierno permitió las fiestas navideñas, empezaron a vender los arbolitos, las bombillas y las guirnaldas, en las tiendas por divisas, pero no podía comprarlos, porque sus precios no bajaban de 7 u 8 cuc y a ella le pagan una miseria y en moneda nacional.

Su hijo, que ya es un adolescente, también soñaba con poder celebrar unas navidades con arbolito, como en las películas americanas. Aunque no acaba de entender bien qué es la Navidad y si por fin Jesucristo y Dios son el mismo tipo de la barba.

La Navidad fue una de las tradiciones que el régimen revolucionario pretendió erradicar. En 1969, Fidel Castro eliminó la Navidad con el argumento de que no se podía detener la zafra azucarera en diciembre por una celebración de carácter religioso que, según su criterio, no tenía que ver con la idiosincrasia nacional.

El gobierno se enfrascó durante un año en producir 10 millones de toneladas de azúcar que supuestamente, sacarían a Cuba del subdesarrollo. La Zafra de los 10 Millones fue otro disparate económico más: se produjeron poco más de 8 millones de toneladas a costa de arruinar al país. Nunca más se intentó otra súper zafra, pero las navidades no volvieron a autorizarse hasta 19 años después.

Durante ese tiempo, muchos cubanos se las arreglaron para celebrarlas como pudieron. No pocos colmaban las iglesias a medianoche para asistir a la llamada Misa del Gallo.

La Noche Buena, la cena familiar del 24 de diciembre, víspera de la Navidad, estaba profundamente arraigada en el alma de los cubanos. Hasta en los hogares más humildes, en torno a los platos de la cocina típica (frijoles negros, arroz, cerdo asado y yuca), las familias se reunían para celebrar el nacimiento de Jesús. Muchas familias lo siguieron haciendo luego de la prohibición. A menudo, tuvieron que suplir algunos platos. Definitivamente, se vieron forzados a prescindir de los turrones, las nueces y los vinos españoles.

En 1998, luego de la visita del Papa Juan Pablo II, y para ganarse el favor de la Iglesia Católica, el gobierno volvió a autorizar la Navidad. Desde entonces, declararon feriado laboral el 25 de diciembre. Pero oficialmente no se alude a las Navidades. Incluso, han obligado a retirar en varias ocasiones de los establecimientos públicos los símbolos alegóricos a las festividades.

Para Miriam y su hijo, como para otros muchos cubanos, la Navidad es una triste temporada. Miriam recuerda su niñez. Su familia unida en la mesa. Su marido. Los villancicos en la iglesia, cuando ir a misa era casi un delito...

El niño recuerda a su padre. Hace casi diez años se tiró al mar en una balsa. Poco antes, le había prometido cortar una rama de pino para hacerle un árbol de Navidad. No supieron más de él. Seguramente nunca llegó a las costas norteamericanas.

Cada año, la madre y el niño celebran la navidad. Miriam guarda para la cena de Noche Buena, el arroz que les corresponde por la libreta de abastecimiento. Ahorra dinero para comprar en el mercado agropecuario frijoles negros, unos kilogramos de carne de cerdo y yuca. Siempre cenan solos. No les queda familia. Ella no ha vuelto a tener marido. Luego, van a la Misa del Gallo y rezarán a Jesucristo (o a Dios, no saben bien a cuál de los dos) para que siempre los proteja.

Hace unos años por fin Miriam y su hijo pudieron tener un arbolito de Navidad. El muchacho trajo una enorme rama de pino. O de casuarina, que es lo más parecido al pino que se puede hallar en un país tropical. La cortó de un árbol en una loma desde donde suele mirar al mar.

Entre los dos, adornaron la rama con algodón para simular la nieve, cintas plásticas y papeles de colores brillantes. No se parecía mucho a los arbolitos de las películas americanas y Papá Noel no acudió con regalos, pero fue el primer árbol de Navidad que tuvieron.

Hace poco más de dos años, Miriam tuvo una racha de suerte y se ganó un parlé a la bolita. Parte del dinero lo empleó en comprar en la tienda un árbol de Navidad, bastante pequeño y modesto, pero de verdad, no como las ramas de casuarina que tenía que cortar cada año. Y hasta con bolas, guirnaldas y trompetas y saxofones plateados.

El año pasado, adornarlo y encenderlo fue el suceso más importante en mucho tiempo que les ocurriera a ella y su hijo. Pero este año, el día antes de Nochebuena todavía no había puesto el arbolito. No está de ánimo, dice a los que le preguntan. Cada vez le va peor. Ni sabe si pondrá el arbolito este año. Y lo más triste es que los que preguntan, amigos y vecinos, la comprenden, porque todos están tan desanimados como ella y su hijo.

luicino2012@gmail.com
Foto: Luís Cino Primavera Digital


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