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Como dirimir una posible tragedia

Juan Carlos Linares Balmaseda

11 de diciembre del 2012

La Habana, Cuba – www.PayoLibre.com – Este hecho tuvo lugar en el capitalino barrio La Palma, específicamente en la intersección de la calle Aranguren y la calzada de 10 de Octubre. Ahí todos los días, decenas de “boteros” aparcaban sus viejos taxis denominados “almendrones”, gestionaban pasaje y luego partían hacia los diversos recorridos. Así iban haciendo lo suyo con la tolerancia de las autoridades locales.

Pero siempre no fue así. Antes se les negaba estacionar en los puntos de mayor concurrencia. Algo funesto para su negocio. La negativa se debía, según comentarios extraoficiales, a las quejas reiteradas de algunos vecinos enojados con el bullicio y el humo de petróleo generado por los almendrones.

Lo habitual era, que cuando los almendrones estaban “mal estacionados” arribara la patrulla imponiéndoles multas a troche y moche.

La verdad es que -con excepción de lo boteros- pocos se interesaban en crear un área reglamentaria para que esos trabajadores por cuenta propia ejercieran su labor sin molestar al vecindario ni ser molestados por la policía. Y en tanto la solución brillaba por su ausencia, no así la coacción policial que siempre trotaba a su aire.

Coaccionar ha sido la diplomacia culmen de nuestros ideólogos. Imponiendo coacción lograron trasmitir al mundo, durante más de media centuria, una imagen de concordia ciudadana, unanimidad y obediencia, virtudes inexistente en la vida interna en Cuba.

Pero también la coacción origina múltiples sentimientos negativos y bajas pasiones. La coacción es una poderosa fuerza, que cuando se logra dominar el poder inherente que provoca sobre el adversario y transformarlo en beneficio propio, puede conseguirse un recurso cívico sorprendente.

En este escenario ocurrió la riña entre los dos boteros. Uno de los involucrados intentó parquear su almendrón dando marcha atrás en un espacio libre, mientras que el otro se le adelantó de frente y ocupó primero el sitio vacío con su vehículo. ¿Metedura de pié? Quizás. La cuestión es que de inmediato estalló el intercambio de ofensas verbales, y en seguidas uno de ellos mostró un machete, el otro tomó un pedazo de tubo como arma improvisada. Mientras que ambos amenazaban con acometerse.

Si la sangre no llegó al río fue gracias a Gerardo, un amigo común de ellos, que intercedió oportunamente con una frase disuasoria, la que repetía continuamente:

“¡¡¡Carajo, con la que hay que fajarse es con la dictadura, no entre nosotros mismos!!!” “¡¡¡Con la dictadura, carajo, no entre nosotros!!!” “¡¡¡Entre nosotros no, con la dictadura!!!”…

Por increíble que parezca los gritos de “Gerardo el interventor” lograron calmar el ímpetu de los dos belicosos contendientes, quienes de inmediato bajaron sus armas y entraron a sus respectivos automóviles. Fue un mensaje que llegó por igual a las entendederas de los curiosos que ya se aglomeraban sólo para ver una escena de violencia irracional, mas no para intentar superar la sugestión derivada de la coacción gubernamental, ni tampoco para superar la impotencia que provoca el abandono de las autoridades.

Segundos más tarde el ambiente volvió a ser el cotidiano, y aunque la coacción de nuestros ideólogos no es eterna, ni se tolera de igual manera en todos los cubanos, hay que reconocer que aplicarla aquí tuvo su lado positivo. Al menos sirvió para dirimir, como por encanto, una posible tragedia.


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