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Padura: los goles y los guantes
Luis Cino Álvarez
11 de diciembre de 2012
La Habana,
Cuba – www.PayoLibre.com –
De pequeño, Leonardo Padura quería ser pelotero.
Cuando comprendió que no podía serlo, decidió estudiar
periodismo para poder, al menos, escribir crónicas beisboleras.
Corrían los grises años 70. En vez de Periodismo,
tuvo que matricular Filología Hispánica. Cuando empezó
a escribir colaboraciones en la prensa, tenía a su favor sus voraces
lecturas de Hemingway, Sallinger, Faulkner, Vargas Llosa. Probó
mezclarlos, puso su parte y le salió bien. Tan bien que es hoy considerado
el escritor cubano vivo más leído, aunque él no lo crea
(todavía quedan personas modestas en Cuba, incluso en los predios de
la UNEAC).
De la afición de Padura por el deporte, debe ser su maña por anotar
goles. Aunque no se jugara mucho football en Mantilla en su niñez (no
eran los tiempos de Cristiano Ronaldo), sino pelota, en cualquier terreno, con
o sin equipo, pero siempre al duro.
Padura anota goles en la más difícil de las canchas: la cultura
oficial. Lo logró poniendo lo político y lo social en el fondo
de lo que califica como "falsos policiales": las novelas de Mario
Conde que le sirvieron para decir lo que quería decir. Pero eso fue hasta
que escribió "El hombre que amaba los perros". Hasta he creído
reconocer como de nuestra realidad a ciertos personajes de esa novela sobre
el asesino de Trotski. Pero en honor a la verdad, lo mismo y más me ha
pasado en las novelas de Mario Conde.
A Padura buscarse problemas con la censura le preocupa sólo lo necesario.
Juega con reglas, pero es honesto. No se puede ser de otro modo cuando se es
hijo de un masón y se vive en Mantilla.
Lo más que Padura puede conceder a la censura es frenar en ciertas esquinas.
Pero vale: todo sea por un gol. Lo ha explicado en varias entrevistas. Ha dado
la fórmula pero la receta no es fácil de cocinar. Muchos se han
quemado en el intento, no por su culpa, sino por los celosos comisarios y la
elevada temperatura de sus hornillas.
No me canso de decirlo. Aunque soy de los que no logro descifrar la fórmula
de anotar goles y para nada me siento obligado a volver a soñar la utopía
desde la experiencia del fracaso, respeto y admiro a Padura y no me uno a los
que lo atacan. Si cada vez que anota un gol, dice algo y lo dice bien, entonces
que vengan goles...
Aunque no estuve en las cuatro jornadas que la semana pasada la Casa de las
Américas dedicó a la obra literaria de Leonardo Padura, lo considero
un homenaje más que merecido al que por supuesto, como fiel lector suyo
desde los tiempos de las crónicas en Juventud Rebelde, me uno de todo
corazón.
Padura y yo somos casi vecinos. Mi suburbano y fangoso barrio está separado
de Mantilla por un pequeño y empinado poblado cuyo nombre tiene resonancias
evangélicas, El Calvario, y un tramo de poco más de un kilómetro
de la Calzada de Managua, el puente sobre la Autopista Nacional incluido. Pero
no cruzamos palabras desde que varias veces en los años 70, en La Víbora,
cuando estudiábamos en Pre-Universitario, él en "René
O'Reiné" y yo en "Cepero Bonilla", conversamos de discos
de rock y de libros (¿de qué otras cosas si no?).
Desde hace unos años, cuando me lo topo por Mantilla, no me ve, no me
reconoce, o lo simula. No importa. Cada cual sabe lo que hace y tiene sus razones
para ello.
El día que tenga la oportunidad de conversar con él, no será
para reprocharle sus goles ni sus consideraciones sobre la utopía, sino
para agradecerle las historias de Mario Conde (que para mi alivio, al fin se
zafó de la policía) y "El hombre que amaba los perros".
Me alegra que Padura no sea pelotero sino escritor, que escriba cada día
en Mantilla, que tenga cosas que decir y las diga del modo en que las dice,
anote gol o no. Lo importante es jugar. Al duro. Con guantes o sin ellos. Y
siempre sin peto.
luicino2012@gmail.com
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