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Carta abierta a Joan Manuel Serrat
José Alberto Álvarez Bravo
4 de diciembre de 2012
La
Habana, Cuba – www.PayoLibre.com
– Esta carta es hija de la suya a los Palestinos de Gaza. Escrita desde
Cuba, donde otra guerra no cesa, oculta a los cintillos de la gran prensa.
Tendría veinticuatro años cuando fui uno más
en el Rodeo del Parque Lenin; Ud. no supo de mi presencia; yo me fui henchido
de la suya. El primer botón de mi camisa, suelto como por descuido, hablaba
de mi admiración por el embajador cultural de la tierra de mi tatarabuelo
Don José Cuté. La buena memoria que la vejez me ha menguado, me
permitía cantar todo su repertorio.
Vivo en los despojos de lo que fue La Habana, donde los edificios
ruinosos, la suciedad y la penumbra han reemplazado la policromía del
neón y la apuesta prestancia citadina. El aliento rural de Birán
ha convertido en agreste aldea a la ciudad más populosa de Cuba.
Pero esta no es la guerra de la que quiero hablarle, en la
creencia de que Ud. me escuchará. Quiero hablarle de la guerra de odio
que los hermanos Castro Ruz han desatado entre cubanos, divididos entre quienes
aceptan su gobierno dinástico, vitalicio, arbitrario e inconsulto, y
los que no podemos aceptar.
A pesar de haber sido conformado por una mezcla de razas, el
pueblo cubano no estuvo nunca dividido por divergencias étnicas, religiosas
o regionales que nos levantaran a los unos contra los otros; fueron los Castro,
en su enfermizo afán de perpetuarse, los que produjeron los conflictos
artificiales que hoy nos enfrentan.
La retórica del poder califica de “revolucionarios”
a quienes se oponen a cambios verdaderos, atribuyendo su significado al “escalón
más alto de la especie humana”; mercenarios, asalariados del imperio,
gusanos, apátridas, y cuanto epíteto despectivo recoja el diccionario,
para quienes luchamos, de forma no violenta, por “virar esta tierra de
una vez”.
El pueblo llano no participa en esta lucha; solo aspira a invertir,
a como dé lugar, el flujo migratorio que pobló esta isla mestiza.
La tiranía castrista ha deslindado los dos campos en que se da la batalla
por la libertad de Cuba.
De un lado, la disidencia; inerme, calumniada, vigilada, perseguida,
encarcelada y golpeada, cada vez con más saña. Del otro, la policía
política, ensalzada con líricas definiciones -hombres color del
silencio-, envanecida de poder e impunidad, mitificada por la maquinaria propagandística
del régimen.
Cientos de miles de vidas le ha costado a nuestra querida Cuba
la permanencia en el poder de la sanguinaria satrapía que nos somete
por la fuerza; nadie podrá saber las que aún falten. Dentro de
ese dantesco panorama, a quién importa este viejo que pudiera haber nacido
también en Catalunya de no mediar aquella decisión de un lejano
antepasado.
Me permitiré comentarle mi situación concreta
de este momento en Cuba, domingo 2 de diciembre de 2012. A pesar de estar acostumbrado,
me apesadumbra no conocer el paradero de algunos hermanos, secuestrados ayer
por los matones del Departamento Contra la Inteligencia, el engendro que realiza
las labores encomendadas antes de 1959 al BRAC (Buró Represivo de Actividades
Comunistas, y que hoy pudiera significar Buró Represivo de Actividades
Ciudadanas); estos entrañables hermanos, por solo intentar en el día
de ayer realizar el Foro Raza y Cubanidad, fueron encarcelados sin que exista
racionalidad alguna para ello; entre ellos, Manuel Cuesta Morúa, un hombre
íntegro cuya ausencia en el Congreso de la República resulta onerosa
para nuestra patria, además de mi amigo más querido.
Buscando el final de esta carta, que ya se extiende en demasía,
apelaré a la anécdota personal como pueril recurso expresivo.
El viernes 30 de noviembre experimenté lo que deben
sentir los indefensos animales acosados por jaurías sedientas de su sangre;
en la esquina de Calzada y J me acechaba un asesino que mancilla el nombre de
Camilo, estimulado por la patente de corso otorgada por sus superiores; al llegar
a Calzada y K, él o uno de sus matones que caminaba en pos mía,
gritó mi nombre, pero no me detuve, uniéndome a un grupo de hermanos
en el parquecito. Imagínese, alrededor de doce metros me separaban de
quien disfrutaría mandándome al otro mundo por el “crimen”
de no ser feliz en el paraíso del proletariado, y producir un video que
descubre la desaparición de un disidente pacífico a manos de los
represores del disenso; no sentí pavor, pero el instinto de conservación
juega con trampas. Lo que se siente no lo inspiran las fantasías del
miedo; sentir en la nuca el frío de una pistola no debe ser cosa de juego;
ahí están Ángel Santiesteban y otros hermanos para (todavía)
contarlo; hay una larga tradición de la izquierda en resolver las diferencias
ideológicas por métodos tan “persuasivos”.
Sumo mi desconocida voz para que el conflicto de Gaza se resuelva
por métodos distintos a la violencia; sólo añoraría
que su privilegiada voz se alzara para que el mundo no siga impasible ante la
larga tragedia que vive el pueblo de Cuba.
Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural
por los neutrales
Que lavándose las manos se desentienden y evaden
Maldigo la poesía de quien no toma partido, partido hasta mancharse
Juanito, en Cuba, estamos tocando el fondo, estamos tocando
el fondo. Una taza de café también espera por quien llegue a mi
modesto domicilio, cualquiera sean los mares que haya cruzado. Los Camilos que
odian y destruyen pudieran ser tranquilos parroquianos si aquí no se
cultivara el odio y la intolerancia que también está en Irak,
en Afganistán y en todas partes; a nosotros nos falta tradición.
José Alberto Álvarez Bravo,
Secretario Asociación de Familiares de Cubanos Desaparecidos (AFACUDE)
Calle J 104, 1er piso, apto 10, e/ Calzada y 9, Vedado, La Habana, Cuba.
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