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El epígono
José Alberto Álvarez Bravo
27 de noviembre de 2012
La
Habana, Cuba – www.PayoLibre.com
– Para bien y para mal, la humanidad siempre ha tenido por norma seguir
a sus paradigmas, en una indubitable demostración de gregarismo ancestral.
A tenor con este secreto a voces, algunos se han comportado como epígonos
de los santos, y otros de los diablos.
En esta etapa turbulenta, que se inició en Cuba en marzo
de 1952 y se agravó hasta límites insospechados a partir de enero
de 1959, muchos se han convertido en epígonos angélicos o diabólicos,
según preferencias o predestinaciones.
Entre quienes merecen conformar la estirpe angélica
están quienes entregaron sus vidas a devolver nuestra isla al cauce democrático,
sacrificándose hasta la inmolación incluso; en las indignas huestes
de los diabólicos militan quienes han dedicado sus vidas, sin que nada
ajeno a su sevicia les obligue, a mantener en el poder a una pandilla delincuencial
a través del destierro, el encarcelamiento, la tortura y el asesinato
de los adversarios.
Como
el propósito de estas líneas es referirme a un individuo en particular,
pasaré a referir las razones por la que este señor merece el calificativo
de epígono de Esteban Ventura Novo, quien adquiriera siniestra celebridad
en los dos últimos años de la etapa dictatorial de Fulgencio Batista.
Cada nueva acción de este cubano, que por su edad aparente
nació bajo la actual dictadura, va cincelando su lúgubre notoriedad.
Su seudónimo es Camilo; rumores no confirmados
aseguran que su verdadero nombre es Pavel o Ramiro,
que mantiene relaciones maritales con una mujer residente en la calle Reforma,
en Luyanó, y que tiene tres hijos. Lo que, tristemente, no son rumores,
es que estamos ante un monstruo criminal.
Aunque la franqueza me cueste la vida, no puedo decir que este
desnaturalizado me haya tratado con crueldad en las varias ocasiones en que
me ha secuestrado en la vía pública, pero muchos hermanos –José
Antonio Sieres Ramallo, Rolando Reyes Rabanal, Ángel Santiesteban Prats,
por sólo citar algunos– han sufrido del gozo con que les ha golpeado,
llegando hasta rastrillar una pistola sobre la cabeza de algunos, según
testimonian sus víctimas.
Pienso en lo difícil que resultará a los defensores
de los derechos humanos que sobrevivan a esta tragedia cubana impedir el linchamiento
de sujetos de esta calaña, pues las experiencias de anteriores dictaduras
apuntan en esta dirección.
Dios quiera que este engendro atenúe su odio enfermizo
a quienes no acatamos el régimen injusto, inconsulto y vitalicio que
padece nuestra sufrida nación, y que si algo humano queda en algún
punto recóndito de su anatomía, comprenda y admita que Antonio
Rodiles es un hombre decente, educado y cariñoso, y que las
manos que se extiendan en su dirección, deben ser para devolverle acrecidos
estos dones que reparte.
Quizás uno de los más grandes crímenes
cometidos por el castrismo contra la nación cubana haya sido el odio
que ha sembrado entre los cubanos. Pero aunque otros desalmados se conviertan
en epígonos de este Camilo, no podrán
impedir que a Cuba llegue la libertad que merece; la felicidad de nuestra patria
enterrará para siempre el mal recuerdo de estos malos cubanos.
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