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El marxismo: en crisis pero pataleando

Luis Cino Álvarez

13 de noviembre de 2012

La Habana, Cuba – www.PayoLibre.com – El marxismo es una de las grandes sagas de la terquedad y estupidez humana en esa lucha por imposibles que algunos llaman la utopía.

Es asombroso como el mito marxista ha logrado sobrevivir sus contradicciones y los descalabros de la historia.

Carlos Marx no anticipó como funcionaría la economía en las sociedades socialistas. Cegado por el determinismo económico y la destrucción del Estado, tampoco elaboró una ciencia política. Confió demasiado en que el capitalismo contenía su antítesis proletaria.

Marx se encaprichó en atribuir el origen de las clases sociales a las relaciones de producción y a la condición jurídica de la propiedad. Su análisis, dogmático y seudo-científico, limitó la historia de la humanidad a un aburrido recuento del desarrollo de las relaciones de producción en Europa y Asia. América y África fueron casi olvidadas en su esquemática y artificial construcción teórica.

Aun así, el marxismo puede resultar una herramienta útil para el estudio de la historia. Pero no la única ni la principal.

Las profecías de Marx fallaron estrepitosamente. La globalización capitalista no tiene absolutamente nada que ver con el capitalismo que previó Marx. Crisis económicas aparte o tal vez por ello mismo, resultó que Berstein tenía razón en cuanto a la capacidad de adaptación del capitalismo.

Los estados del socialismo real no fueron instrumentos al servicio del proletariado, sino todo lo contrario. En ningún sitio fue más patente el fracaso del marxismo que en los países donde logró apoderarse del poder. En ellos no existió la dictadura del proletariado sino la feroz dictadura de los partidos comunistas sobre el proletariado.

El marxismo, con los nefastos aportes leninistas que potenciaron el horror y el disparate, fue el cuerpo legitimador de las dictaduras comunistas en medio mundo durante más de seis décadas. El estalinismo fue la más pura y dura expresión del marxismo-leninismo. "No una aberración, sino su esencia misma", según Jean Francois Revel.

Marx no avizoró, como Bakunin, la emergencia de una nueva forma de propiedad: la de la nueva clase. Esos dirigentes, burócratas y militares, que invocando los intereses de los obreros y los campesinos, se atrincheraron con sus privilegios tras el Estado y el Partido Único. Una historia que se repitió inexorablemente en todos los países autotitulados socialistas.

Recuerdo que hace seis años, durante un evento teórico marxista celebrado en La Habana, Ricardo Alarcón, el inefable presidente de la no menos inefable Asamblea del Poder Popular, atribuyó "al dogmatismo filosófico generado en la experiencia soviética" la reducción al mínimo del pensamiento anticapitalista en los países del socialismo real. Alarcón debe saber bien de lo que habla, porque la experiencia verde olivo no difiere mucho de la de sus camaradas soviéticos y de Europa del Este.

Ajenos a la experiencia histórica y los costos humanos, los que hoy reclaman la vigencia del marxismo, vuelven a apostar por el totalitarismo, la redistribución de riquezas donde no las crean y la planificación económica estatal, centralizada y absoluta. Es el único aporte que les dejó un marxismo mal estudiado y peor comprendido.

Con tácticas difusas y sin nuevos contenidos, el marxismo sigue en crisis, pero pataleando. Los socialismos de hoy, varios y diversos, entre ellos el difuso socialismo del siglo XXI que preconiza Hugo Chávez, más que por el marxismo, están conectados por la negación del capitalismo y el antiamericanismo más visceral. Perretas que no son suficientes para cambiar el mundo, por muy necesitado de cambios que esté.

Ante la dictadura de los bancos y las grandes corporaciones que ha parido la crisis económica en el Primer Mundo, delirantes médiums todavía invocan como infalible a Carlos Marx, el más desatinado de los profetas. Y su fantasma, empecinado y cada vez más aturdido, todavía recorre a tumbos el mundo.

luicino2012@gmail.com
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