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El fraude del octubre bolchevique
Luis Cino Álvarez
9 de noviembre de 2012
La Habana,
Cuba – www.PayoLibre.com –
La Revolución Bolchevique, cuyo 95 aniversario se cumple por estos días,
es uno de los mayores fraudes de la historia.
La llamada Revolución de Octubre no ocurrió en
octubre, sino en noviembre. La culpa fue de la diferencia entre los calendarios
juliano y gregoriano. La sublevación de San Petersburgo ocurrió
el 25 de octubre de 1917, según el calendario juliano que regía
entonces en Rusia, pero fue el 7 de noviembre de acuerdo al calendario gregoriano.
Más que una revolución, la bolchevique fue un golpe de estado.
No derrocó al zar Nicolás II, que había
abdicado cuatro meses antes debido a las protestas populares, sino al gobierno
republicano y democrático de Alexander Fiódorovich Kerenski.
El artífice del movimiento no fue Lenin,
sino Trostky. Lenin fue
el estratega, bastante vacilante, por cierto. Trostky
se ocupó de la táctica golpista. Ninguno de los dos pasó
a la historia con sus nombres verdaderos: Vladimir Ilich
Ulianov y Lev Davidovich Bronstein.
Lenin, el teórico de la revolución proletaria, se oponía
a la estrategia insurreccional. Se mostró indeciso durante la sublevación
de San Petersburgo. Con disfraz, peluca y afeitado, para no ser identificado
por las autoridades, se ocultó en la barriada industrial de Wiborg mientras
los destacamentos de choque de Trostky tomaban
todos los centros vitales de la ciudad.
En una habitación contigua al salón del Instituto Smolny, donde
se celebraba el Segundo Congreso de los Soviets, Lenin
con su disfraz, aguardó, nervioso y aprensivo, el desarrollo de los acontecimientos.
Trotsky lo sacó del marasmo cuando lo increpó:
“¿Por qué sigue usted disfrazado? Los vencedores no se ocultan.
Lleva usted 24 horas de retraso”.
Cuando Lenin, cansado, nervioso y sin peluca, seguido por Trostky,
penetró en la sala del Congreso de los Soviets, se convirtió inmediatamente
en el dictador del nuevo estado.
Con una interpretación distorsionada y caprichosa de las ideas de Marx
y bajo la consigna de “Todo el poder para los Soviets”, Lenin instauró
lo que denominó “la dictadura del proletariado”. Pero en
los hechos, el Poder Soviético no fue nunca el gobierno de los Consejos
Obreros, como inicialmente propuso Lenin, sino
la dictadura del Partido Comunista (PCURSS). Luego, el Comité Central
sustituyó al Partido Comunista. El Buró Político, creado
provisionalmente durante la guerra civil, suplantó al Comité Central.
Al final, Lenin se impuso al Politburó y
organizó un estado policial de burócratas y militares. Tras su
muerte, en 1924, Stalin hizo lo mismo, pero más desembozadamente.
Con la creación del Ejército Rojo, Trostky
garantizó a sangre y fuego la supervivencia del poder soviético.
No obstante, Lev Davidovich fue uno de los grandes
perdedores de la revolución rusa. Hasta su exilio mexicano lo siguió
la mano asesina de Ramón Mercader, un matón
español de la KGB estalinista.
Lo que se suponía fuese el primer estado de obreros y campesinos originó
una monstruosa pesadilla totalitaria. Durante décadas, el mundo se negó
a aceptar que el terror fue la principal herramienta de Lenin. Para el camarada
Vladimir Ilich, sus adversarios políticos
debían ser eliminados del mismo modo que los piojos, trasmisores del
tifus que diezmaba al Ejército Rojo.
Tuvieron que pasar más de 60 años para que se supiera cómo
fue que asesinaron los guardias bolcheviques, por órdenes expresas de
Lenin, a la familia del ex-zar Nicolás en 1918. No hubo
juicios. De madrugada, fusilaron a la pareja real y sus niñas.
También a los sirvientes. A todos, los guardias rojos los remataron a
bayonetazos.
La Revolución Francesa, con todo y el terror, rescató al individuo
de las tiranías teocráticas y le garantizó derechos y libertades
inalienables. La Revolución Rusa llegó a la apoteosis del terror;
el socialismo real que instauró tuvo un carácter retrógrado
al imponer la tiranía del Estado sobre el individuo y conculcar enteramente
los derechos humanos y las libertades civiles y políticas.
luicino2012@gmail.com
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