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Los que no pueden faltar: Paul Simon
Luis Cino Álvarez
11 de Julio de 2012
La Habana,
Cuba – www.PayoLibre.com –
Confieso que sentí envidia cuando un amigo que se fue por Mariel en 1980
y que fue a parar a New York, me contó que, apretujado y aterido de frío,
estuvo entre el más de medio millón de personas que asistieron
en 1981 en el Central Park al concierto de reunificación de Simon
and Garfunkel.
Sólo me consoló escucharle que se acordó
mucho de los otros amigos que habíamos quedado en Cuba, especialmente
de mí, y de los tiempos en que escuchábamos aquellas canciones
–Mrs. Robinson, The boxer, The sound of silence– en la
WQAM o en discos prestados llenos de arañazos, ruidos y ralladuras.
Por desgracia para los que amamos la buena música, la
reunificación del dúo más popular de la historia, duró
lo que el concierto: apenas una hora y media. Fue como un espejismo. Afortunadamente,
el concierto en el Central Park quedó recogido en un álbum de
dos discos. Si no fuese por eso, cualquiera pensaría que nunca ocurrió.
Dicen
que aquel anochecer, Paul y Art cantaron como si estuviesen
en el cielo, como en los viejos tiempos, mejor aún, pero no se hablaron.
Sólo se miraban de soslayo y se palmearon en el hombro un par de veces.
Luego, cada uno cogió por su lado. No volvieron a cantar juntos en un
concierto hasta el otoño de 1993, pero ya nada fue igual.
A veces la amistad, por vieja y fuerte que sea, tuerce por
rumbos indeseados y cuando se rompe, no hay modo de recomponerla. Ni siquiera
cuando los recuerdos de los buenos ratos son más que los agravios y los
malentendidos, hay bastante dinero y admiradores por delante y la posibilidad
de seguir haciendo juntos canciones de una belleza y calidad que muy pocos cantautores
podían igualar.
Amo la música de Simon and Garfunkel.
Juntos y por separado. Pero sobre todo la de Simon. Excepto en "Bridge
over troubled waters", esa maravilla de himno al amor y la amistad,
que es toda Garfunkel, el dúo era Simon.
Compositor fuera de serie, Paul Simon comparte
con Bob Dylan y Stevie Wonder el mérito
de haber escrito las mejores canciones de la música norteamericana de
los últimos 60 años. Cuando no le alcanzó el folk-rock,
echó mano del blues, el reggae, el calypso,
el zydeco, los ritmos afro-latinos, la música andina, y sobre todo, la
de África y Brasil. No sé los puntillosos académicos de
la música cómo definirían discos como Graceland –que
es mi preferido, siquiera por una canción de tanta imaginería
como The boy in the bubble– o The rhythm of the saints.
Es muchísimo más que simplemente otro cross-over: ¿música
para la aldea global, multiculturalismo, ecumenismo musical, subversión
lúdico-experimental de los ritmos y armonías usuales en determinados
géneros, posmodernidad musical a pulso?
Me parece escuchar a ciertos atorrantes zurdos –ay, Leonardo
Acosta– hablar de esta World Music hecha por un yanqui como hicieron
cuando a los Beatles, allá por 1966, les dio por experimentar con la
música hindú: protestar como si fuese un acto de piratería
y escamoteo de los ritmos del Tercer Mundo. George Harrison
robándose un sitar, Paul Simon con parche en el ojo
y pata de palo...
Para no complicarnos tanto, ¿no será simplemente
música hecha con todas las de la ley –poesía incluida–
para adultos inteligentes, sin prejuicios, definitivamente aburridos de tanta
matraca comercial?
luicino2012@gmail.com
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