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Al rescate de los tiranos

Luis Cino Álvarez

30 de junio de 2012

La Habana, Cuba – www.PayoLibre.com – En los últimos cuarenta años, el libro "Las venas abiertas de América Latina", del uruguayo Eduardo Galeano, ha sido la Biblia de la izquierda latinoamericana. Escrito a inicios de los años 70, ha contribuido, tanto como los informes de la CEPAL y los discursos de Fidel Castro, a conformar la percepción de una realidad demasiado compleja y cambiante para circunscribirla simplemente a la teoría de la dependencia, el anti-imperialismo y el mesianismo revolucionario.

Galeano, sin dudas un excelente escritor, pero no un especialista –él mismo lo ha reconocido muchas veces–, escribió sobre historia y economía política en "Las venas abiertas de América Latina" como si se tratase de una novela de piratas. Y eso es un modo algo aventurado de proceder cuando se trata de explicar a un público no especializado, pero agobiado de problemas y ávido de soluciones, por qué América Latina parece ser una región condenada a la humillación y la pobreza.

El propio Galeano explica: "Lo que uno escribe puede cobrar sentido colectivo cuando de alguna manera coincide con la necesidad social de respuesta".

Las interpretaciones que hace Eduardo Galeano de la historia latinoamericana, aunque no carentes de bastantes buenas razones, son muy peculiares e ideológicamente interesadas. Para Galeano, la veneración por el pasado es reaccionaria. Explica que los poderosos cultivan la nostalgia histórica para legitimar sus privilegios: "La derecha elige el pasado porque prefiere a los muertos: mundo quieto, tiempo quieto".

Pero en sus manipulaciones históricas, siempre a contracorriente de la historia oficial, Galeano tiene sus muertos preferidos. Y no me refiero precisamente al muy idealizado Simón Bolívar. Galeano llega a extremos escandalosos cuando en la búsqueda de legitimidades históricas para el presente, trata de reivindicar a tiranos del pasado, como Juan Manuel de Rosas, José Gaspar Rodríguez de Francia o el general Francisco Solano López. Para Galeano, que pretende rescatarlos del "bestiario de la historia oficial", los crímenes de estos tiranos son sólo "deformaciones ópticas impuestas por el liberalismo", "mitos y excomuniones de la derecha".

Para Galeano, el populismo nacionalista del argentino Juan Manuel de Rosas, basado más que nada en los intereses de los ricos estancieros, lo exime de los crímenes cometidos por los matones de la Sociedad Popular Restauradora (la Mazorca) y su policía secreta contra sus enemigos unitarios, partidarios de las reformas liberales.

Galeano se extrema en la defensa de la excéntrica y xenófoba tiranía de 36 años del doctor Francia en Paraguay. Afirma que gracias al cierre a cal y canto del país impuesto el Dictador Supremo, Paraguay fue hasta la Guerra de la Triple Alianza, el único país latinoamericano cuya economía no fue deformada por el capital extranjero. Aunque califica a su régimen como "un largo gobierno de mano de hierro", Galeano le atribuye "haber incubado en la matriz del aislamiento, un desarrollo autónomo y sostenido".

Así explica Galeano el régimen del Supremo: "El Estado, omnipotente, paternalista, ocupaba el lugar de una burguesía nacional que no existía, en la tarea de organizar la nación y orientar sus recursos y su destino. Francia se había apoyado en las masas campesinas para aplastar la oligarquía paraguaya y había conquistado la paz interior tendiendo un estricto cordón sanitario frente a los restantes países del antiguo Virreinato del Río de la Plata. Las expropiaciones, los destierros, las prisiones, las persecuciones y las multas no habían servido de instrumentos para la consolidación del dominio interno de los terratenientes y los comerciantes, sino que por el contrario, habían sido utilizados para su destrucción".

La apología alcanza un clímax verdaderamente cínico cuando Galeano sentencia: "No existían ni nacerían más tarde las libertades políticas y el derecho de oposición, pero en aquella etapa histórica, sólo los nostálgicos de los privilegios perdidos sufrían la falta de democracia".

¿Les suena familiar cuando asegura que Paraguay era el único país del continente que no tenía mendigos, hambrientos ni ladrones y donde no había niño que no supiese leer y escribir?

A juzgar por lo llenas que estaban las cárceles paraguayas en la época, y según la novela "Yo, el Supremo", de Augusto Roa Bastos, un escritor nada sospechoso de ser de derecha, parece que el Paraguay del doctor Francia no era tan idílico como lo pinta Galeano.

A pesar de que Galeano exalta la política autárquica de desarrollo implementada por el estado luego del aniquilamiento de la oligarquía, y afirma que "la doctrina liberal, expresión ideológica de la articulación mundial de los mercados, carecía de respuestas para los desafíos de Paraguay, obligado a crecer hacia dentro por su aislamiento mediterráneo", en la página siguiente del libro se deshace en elogios hacia el crecimiento económico experimentado durante los posteriores gobiernos de Carlos Antonio López y de su hijo, Francisco Solano López, que lo sucedió en 1862, y que significaron el paso del enclaustramiento tiránico al liberalismo formal.

Solano López arrastró a Paraguay en 1865 a la guerra contra Brasil, Argentina y Uruguay. Muchos historiadores opinan que no le quedaban más opciones frente a las ambiciones de sus vecinos. Señala Galeano que "la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay aniquiló la única experiencia exitosa de desarrollo independiente" en América Latina. "Los banqueros y comerciantes británicos fueron los principales beneficiarios de la guerra", recuerda Galeano.

Los ejércitos aliados llevaron a cabo un verdadero genocidio, uno de los más infamantes capítulos de la historia americana. El empecinamiento de Solano López, quien no dudó en fusilar por traición nunca probada a su propio hermano, provocó que, tras cinco años de guerra, sólo sobrevivieran 250 000 paraguayos, menos de la sexta parte de la población del país.

Para Galeano, Solano López, que murió en combate en el Cerro de Corá, en 1870, "encarnó heroicamente la voluntad nacional de sobrevivir". Autores como él han contribuido a la conversión en mito de un tiranuelo extravagante y testarudo que casi provoca el exterminio de su nación. Hasta el dictador Alfredo Stroessner presumía de ser su heredero. Ahora que los gobiernos de la Alianza Bolivariana pretenden "hondurizar" la situación en Paraguay tras la destitución parlamentaria del presidente Ricardo Lugo, no se asombren si aparece algún frente de resistencia, partidario del socialismo del siglo XXI, con el nombre de Solano López.

luicino2012@gmail.com
Fuente: Primavera Digital


 


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