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Prisioneros de sus sofismas
Alberto Medina Méndez
12 de junio de 2012
Corrientes, Argentina – www.PayoLibre.com
– En la política, como en la vida misma, conviven aquellos que
tienen convicciones y deciden defenderlas a capa y espada con los otros, esos
que van construyendo sus creencias según para donde soplen los vientos,
haciendo una apología del pragmatismo y fabricando una ideología
a su medida para poder ser fundadores de algo.
Se pueden seguir principios apropiados o erróneos, disponer de paradigmas
que puedan guiar hacia lo adecuado o simplemente ser empujados al disparate
irremediablemente. Acertar o fallar, de eso se trata.
Pero en realidad eso tampoco importa demasiado. En todo caso lo que tiene algún
valor es tener convicciones y luchar por ellas, sostenerlas con honestidad intelectual,
permitirse mejorarlas y ajustarlas a cada paso.
Pero una extraña casta viene avanzando en las últimas décadas,
bajo el paraguas de la desaparición de las ideologías. Ellos se
sienten incómodos con esto de referenciarse en pensadores que descubrieron
ideas y las desarrollaron. Prefieren creer en sus propias miradas, ser originales
y creadores de una nueva corriente de pensamiento que permita que el próximo
“ismo” lleve su apellido.
Tienen ideas aisladas y convierten esas visiones en matrices cerradas, en dogmas
a respetar, en consignas que no merecen ser cuestionadas.
Como se trata de expresiones sueltas, que mezclan lemas nacionalistas, con pretendidas
ideas de modernidad y un discurso pseudo intelectual que deslumbra a las masas,
caen en permanentes contradicciones.
Pero lo patético de todo esto, es que su soberbia, el desprecio por la
inteligencia ajena y una arrogancia, que se hace cada vez más evidente,
los conduce por un sendero que no parece tener retorno.
Desandar sus propios caminos, los obligaría a reconocer errores, y asumir
que aquello que defendieron con tanto ahínco no era lo correcto.
Su orgullo les impide dar marcha atrás. Han quedado atrapados en su propio
discurso. Lo que han afirmado, lo han hecho de tal modo que serían incapaces
de pedir ayuda, de tomar una idea ajena y hacerla propia, por temor a perder
esa exclusividad en su impronta. Necesitan ajustarse a sus liturgias y seguir
al pie de la letra su doctrina, más que resolver problemas.
Intentan engañar a muchos, pero en ese juego terminan también
convenciéndose a sí mismos de que son brillantes, ingeniosos y
audaces. No toman nota de que su esquema argumental es pobre, se apoya en pocas
ideas y cualquier cuestionamiento los deja sin explicación. Allí
es cuando apelan a lugares comunes, slogans o simples frases hechas que se ocupan
de denostar a su oponente, enrostrarle supuestos fracasos del pasado, ensuciarlos
de modo personal para debilitar al que los critica.
No tienen argumentos suficientes para debatir, ni para sostener sus propias
visiones, sólo les queda el panfleto, la chicana, el atajo fácil
y el discurso ambiguo y lineal.
Por eso, cuando se enfrentan con problemas importantes, no tienen soluciones.
O bien la tienen a mano, pero como no las mencionaron sus partidarios sino otra
gente, habitualmente catalogada como enemiga, antipatriótica, servil
a los intereses foráneos, y cuanta estigmatización se pueda construir,
pues entonces esas opciones deben ser descartadas automáticamente.
Han dicho muchas cosas, demasiadas tal vez. Son esclavos de sus palabras y se
ven en el dilema de asumir que equivocaron sus discursos, y pedir disculpas,
asumiendo que fallaron, o bien pedir ayuda a otros sectores para que les faciliten
las recetas y los hombres para implementar otras variantes, habida cuenta de
su imposibilidad de resolverlos.
Por eso fracasarán, porque la altanería y la petulancia, nunca
llegan a buen puerto. Porque ningún individuo o grupos de personas, tiene
la obligación de disponer de “todas” las respuestas, porque
los seres humanos somos eso, humanos, imperfectos nos equivocamos y acertamos,
y no tenemos razón siempre, sino sólo algunas pocas veces.
La actitud engreída y vanidosa no puede ser buena consejera.
Un poco de humildad no puede destruir a nadie que se considere grande, salvo
que en el fondo un gran complejo de inferioridad explique lo que está
pasando.
Cuando se construye con falacias, no se puede esperar otra cosa que un final
poco feliz. Más tarde o más temprano la historia se descubre y
lo que era falso sale a la luz.
Un poco de modestia, un reconocimiento de ciertos errores, que ya son evidentes,
podría encauzar las cosas hacia la sensatez, la convivencia y la armonía,
para dejar atrás la confrontación y los tropiezos constantes.
Por ahora eso no sucede, porque ellos prefieren seguir siendo prisioneros de
sus sofismas.
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