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La rifa

José Alberto Álvarez Bravo

10 de junio de 2012

La Habana, Cuba – www.PayoLibre.com – El oficio más antiguo. No tengo idea de cuanto hace que oí –o leí– ese eufemismo para referirse a la prostitución. Sin ánimo de profanar creencias, ni lastimar a nadie, quizás el primer acto de prostitución conocido sea el canje de una manzana por un rato de placer, en un remoto lugar conocido como Edén.

Tampoco la rifa, donde avispados vendedores le sacan varias veces el valor al objeto que ofrecen, debe ser algo nuevo bajo el sol, pero a mí en lo personal me dejó estupefacto la combinación de estas dos variantes comerciales.

Lo escuche hace muy poco, de labios de mi amigo y hermano de ideales, el intrépido Yoan David González Milanes, en su pueblo de residencia, Santa Cruz del Sur, en Camaguey. Algunas féminas, aprovechando la quiebra moral de la sociedad cubana, empecinada en sobrevivir en medio del inusitado desamparo gubernamental, rifan su cuerpo entre aprovechados de la mendicidad general que nos envuelve.

Cinco, diez o veinte pesos, según la “calidad” de la “mercancía” en oferta, allanan el transito por un placentero instante, condimentado con el amargo sabor de un acto que de sublime, deviene en sacrificio si no se sustenta en amor y reciproca atracción.

Esto sucede en medio de los escombros de una revolución gatopardeana, mientras continúan detentando el poder unos ancianos que tiempo atrás profetizaron el paraíso, siendo uno de sus principales vectores la presunta “liberación de la mujer”, erradicando el infame comercio carnal con la incorporación de estas al trabajo socialmente útil.

En medio del desparpajo irresponsable y la precariedad moral devenida en política de gobierno, la gerontocracia castrista está rifando la isla al mejor postor. No es de extrañar que humildes y desesperadas mujeres cubanas rifen sus cuerpos para alimentar a sus hijos, o sobrevivir en el caos, refrendando la observación de Dagoberto Valdés sobre el ingente daño antropológico sufrido por quienes hemos tenido el “privilegio” de agotar nuestras vidas en el paraíso del proletariado.

 


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