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En el mismo punto en que quedó
la pesadilla
Luis Cino Álvarez
31 de marzo de 2012
La Habana, Cuba – www.PayoLibre.com
– Suponía conocer bien a Leonardo Padura. No tanto porque sea casi
mi vecino –nuestras casas están a apenas tres kilómetros
de distancia por la Calzada de Managua- ni porque hayamos coincidido varias
veces, allá por los inicios de los años 70, en La Víbora,
en tráfico de libros y discos proscritos, sino porque soy asiduo lector
suyo desde los tiempos en que escribía en el periódico Juventud
Rebelde, hace más de veinticinco años.
Y luego de leer y admirar tanto a alguien durante tanto tiempo,
uno se cree con ciertos derechos a saber lo que no escribe o dice en las entrevistas.
Pero está visto que nunca se acaba de conocer a las
personas. Ni siquiera a los amores y los amigos, dime tú a un autor con
el que uno no cruza saludos –por timidez, porque tal vez no te recuerde,
por no perjudicarlo y buscarle problemas– cuando lo avista de lejos, y
siempre apurado, por Mantilla...
Últimamente, Padura no deja de asombrarme. Me explico
mejor si reproduzco un fragmento de sus palabras de agradecimiento por el Prix
Cabet concedido por su novela El hombre que amaba a los perros, el pasado 14
de febrero.
Dijo Padura: "El hombre que amaba a los perros es una
novela triste, desencantada, una historia de horrores y errores, como ya dije.
Pero es también, y así espero sea siempre recibida, la historia
de una esperanza, de un sueño colectivo que se frustró, como tantas
otras utopías a lo largo de la historia. Pero fue una esperanza al fin
y al cabo. Fue el sueño de construir un mundo más justo, donde
los hombres pudieran vivir con libertad, igualdad, fraternidad, en una sociedad
donde imperara el máximo de libertad en el máximo de democracia.
Y si otra vez perdimos ese sueño, todavía nos queda, no ya el
derecho, sino la obligación de volver a soñarlo, pero desde la
experiencia del fracaso."
De veras que no concibo a Padura en el intento de retomar la
pesadilla. No sospechaba en un tipo inteligente tales tendencias masoquistas
y tanto afán por la auto-mortificación y el flagelo del cilicio
rojo.
Muchas veces he tratado de retomar un sueño placentero
en el momento que desperté, para otra vez dormido conseguir zamparme
un apetitoso trozo de queso con huequitos y cáscara roja -¡vaya
casualidad de color!- en el momento que más apretaban las punzadas del
hambre en la boca del estómago, o zambullirme en las aguas de una playa
paradisíaca en una noche de mosquitos y ventilador roto, o meterle mano
a Jennifer López con su pleno y entusiasta consentimiento.
Lo que nunca me ha pasado por la mente es retomar una pesadilla
en el mismo punto en que quedó. Por ejemplo, luego de pasado el susto,
no he tratado de volverme a dormir para ver llegar a mi puerta a una turba de
esbirros vociferantes, entrar a empellones en una celda de castigo en Kilo 7
o volver a recibir una paliza de aquellos enfermeros con cara de carceleros
que estaban convencidos de que yo no estaba tan loco como para merecer la baja
del servicio militar.
Padura teme perder lo mejor de la condición humana si
deja de soñar utopías. Libertario, casi lo entiendo. Sé
que, en definitiva, la izquierda parece haber ganado, si no otra, al menos la
guerra de los símbolos. El discurso zurdo, en dosis razonables, aun es
chic y de buen gusto. Pero no hay que exagerar. Otro mundo mejor es posible.
OK. Sólo que con dictaduras a cuestas, por muy remendadas que estén,
no hay posibilidad alguna de mejorarlo. Ni en sueños.
La única certeza que me deja el fracaso es la de no
volverlo a repetir. Nunca. No sé Padura en su discurso real, pero yo
no tengo obligación alguna de retomar pesadillas condenadas a muerte.
Mi tarea no puede ser otra que ganar la libertad. Sospecho -y ojala sea así-
que la suya, en su fuero interno, también.
luicino2004@yahoo.com
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